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Reflexión sobre la condición del moderno proletariado (segunda parte)

Creato: 22 Agosto 2019 Ultima modifica: 22 Agosto 2019
Scritto da Traducción de Luca Lupoli Visite: 134

[primera parte][IT]

La historia, a veces, se repite.

En el párrafo titulado “La lucha por la jornada normal de trabajo”, en el primer libro del Capital, el significado de las conquistas obreras sólo se explica por el estado de las relaciones de poder entre las clases. Por un lado, la defensa del tiempo libre, de las horas de descanso, de la masa monetaria útil para la sustentación física y la compra de aquellos productos necesarios para recuperar las muchas energías vitales gastadas en el proceso productivo; por el otro, la continua solicitud de prolongación de la jornada laboral, más allá de toda moralidad, ética, presupuesto religioso, límite físico. Una batalla entre clases que se prolonga hasta hoy, pero que, por supuesto, ya poseía en ese entonces los rasgos de «guerra civil», a veces subterránea, a veces evidente:

La fijación de una jornada laboral normal es, por consiguiente, el producto de una guerra civil prolongada y más o menos encubierta entre la clase capitalista y la clase obrera.[1]

Al centrarse en el período entre 1770 y 1850, o sea las décadas en las que los capitalistas expandieron su producción industrial sobre todo en Inglaterra, Marx fue el primero en comprobar que la introducción en el proceso productivo de máquinas más sofisticadas no comportaba una disminución de la fatiga de los obreros, ni mucho menos una disminución de la jornada laboral; al contrario, la introducción de una técnica más elevada había causado una situación de mayor sufrimiento,  aparentemente en contradicción con los supuestos y consecuentes beneficios. Pero en la organización capitalista del trabajo no se premia la lógica racional, sino el principio de remuneración de los capitales, por el cual el denominado capital constante (esa parte del capital invertida directamente en maquinarias, materias primas, etc.) obligó a los capitalistas a una explotación aún más grave de la fuerza de trabajo, la única entre las mercancías capaz de crear plusvalor. A los ojos de Marx fue evidente, de inmediato, la presencia de una dinámica específica del capitalismo, que caracterizaría este sistema infausto hasta nuestros días.

Hoy en día, la creciente inyección de capital constante, la moderna automatización de los procesos productivos y la introducción de la microelectrónica son innovaciones técnicas sumamente importantes, cuya relevancia ha debidamente comprometido la tasa media de ganancia, causando su considerable disminución y, entre las consecuencias, el recurso a la financiarización de la economía. Una lógica en absoluto controvertida, que caracteriza de manera intrínseca la vida del capitalismo:

 

El ansia del capital por una prolongación desmesurada y despiadada de la jornada laboral se sacia ante todo en las industrias primeramente revolucionadas por el agua, el vapor y la maquinaria, en esas primeras creaciones del modo de producción moderno, en las hilanderías y tejedurías de algodón, lana, lino, seda.[2]

En las décadas de la primera revolución industrial, otro notable acontecimiento colectivo fue la instauración de una dura disciplina tanto en las fábricas como en las terribles Workhouses ingleses. Una profunda regulación de la jornada laboral cuyos pródromos aún permanecen visibles, pero cuyos gérmenes ya existen en la primera fase de la industria, cuando los capitalistas establecieron, de una vez y para todas, las reglas inderogables de la explotación de la fuerza de trabajo, prohibiendo el tiempo de descanso no regulado, acompasando horarios variables a las exigencias de producción, ideando un ingenioso sistema de los turnos à relais con ritmos e intensidad de trabajo por debajo de cualquier sentido de humanidad. Desde 1830 en adelante, y hasta nuestros días, toda nueva legislación laboral ha incrementado el «hambre de hombre lobo por mano de obra sobrante», eliminando, a lo largo del último siglo y medio, toda crujía o grieta temporal donde el trabajo comprado por el capitalista se pudiera desperdiciar o quedar no adecuadamente utilizado. Con el tiempo, el capitalista se ha dotado de leyes internas y hasta de una policía empresarial como en las fábricas chinas. Un cuerpo de policías capaz de garantizar al capitalista de turno el pleno funcionamiento de la fuerza de trabajo durante toda la duración de la jornada laboral.

También con respecto a las horas de trabajo, no parece que la situación haya cambiado a favor de los proletarios en los últimos ciento cincuenta años. Aunque es imposible supervisar todas las situaciones laborales por país, es un hecho ya constatado que la llamada sinización del mercado laboral ha provocado un descenso general del coste de la fuerza de trabajo, a menudo por debajo de su precio mínimo, concretamente de los costes para sobrevivir. De hecho el precio mínimo de la fuerza de trabajo equivale a los costes de recuperación de las energías intelectuales y físicas consumidas por el proletario en el proceso productivo, con el fin de garantizar, como cualquier otra otra mercancía, su supervivencia y reproducción:

 

El nivel mínimo de salario, y el único necesario, es lo requerido para mantener al obrero durante el trabajo. y para que él pueda alimentar una familia y no se extinga la raza de los obreros.[3]

El presente actual del proletariado mundial nos dice, lamentablemente, que éste, además de no contar con una vanguardia política, tampoco puede permitirse ese poco «de más» para sustentar a su familia o para fundar una. Y, de hecho, en la gran mayoría de los casos, los proletarios aplastados por la precariedad y la flexibilidad o afligidos por escasos ingresos mensuales ni siquiera tienen la certidumbre de que puedan llegar a la segunda semana del mes.

Sin embargo, un viaje atrás en el tiempo nos sirve de consuelo poco o nada. En la primera mitad del siglo XIX, como sabemos del libro de Engels La situación de la clase obrera en Inglaterra, las condiciones de los obreros ingleses eran pésimas. Las ciudades obreras inglesas acogieron en pocas décadas a centenares de miles de personas, sin dinero y en busca de fortuna: la estructuración de la ciudad en grandes barrios fue regulada por la presencia de las fábricas, alrededor de las cuales surgieron inmensas áreas habitadas, sin respeto alguno a las normas sanitarias, abandonadas al descuido, a la suciedad y a las enfermedades. En el Prefacio de 1892, escrito cincuenta años después de la publicación de su primera investigación de campo, Engels intervino otra vez sobre este tema, aclarando cómo al cabo de pocas décadas la condición del proletariado inglés parecía haber mejorado sólo ligeramente;[4] sin embargo, tras pocas líneas, el mismo Engels vuelve a abordar las razones de esta breve mejora, precisando que cada avance global había sido realizado sólo porque la clase burguesa, a menos que pusiera en serio riesgo su reinado, ya no podía permitir las abyecciones de los primeros años de la revolución industrial. Baste pensar que la sola propagación continua de epidemias habría puesto en serio peligro a la entera sociedad, incluyendo a la misma clase burguesa y el normal funcionamiento de las fábricas. En segundo lugar, concluye Engels, el sistema capitalista se encontraba en 1892, al igual que en 1844, en plena expansión y eso había favorecido un funesto contagio entre proletarios, extendiéndose la miseria inglesa a los explotados de Francia, Estados Unidos y Alemania:

(...) Las repetidas epidemias de cólera, tifus, viruela y otras enfermedades mostraron al burgués británico la urgente necesidad de proceder al saneamiento de sus ciudades, para no ser, él y su familia, víctimas de esas epidemias. Por eso, los defectos más escandalosos que se señalan en este libro, o bien han desaparecido ya o no saltan tanto a la vista. Se han hecho obras de canalización o se ha mejorado las ya existentes; anchas avenidas cruzan ahora muchos de los barrios más sórdidos; ha desaparecido la “Pequeña Irlanda” y ahora le toca el turno a Seven Dials. Pero, ¿qué puede importar todo esto? Distritos  enteros  que  en  1844  yo  hubiera  podido  describir en  una  forma  casi  idílica,  ahora,  con  el  crecimiento  de  las ciudades, se encuentran en el mismo estado de decadencia, abandono y miseria. Ciertamente, ahora ya no se toleran en las calles los cerdos ni los montones de basura. La burguesía ha seguido progresando en el arte de ocultar la miseria de la clase obrera. Y que no se ha hecho ningún progreso sustancial en cuanto a las condiciones de vivienda de los obreros lo demuestra ampliamente el informe de la comisión real on the Housing of the Poor, redactado en 1885. Lo mismo ocurre en todos los demás aspectos. Llueven las disposiciones policíacas como si salieran de una cornucopia, pero lo único que pueden hacer es aislar la miseria de los obreros; no pueden acabar con ella.

Pero mientras Inglaterra ha rebasado ya esta edad juvenil de la explotación capitalista, que describo en mi libro, otros países acaban de llegar a ella. Francia, Alemania y sobre todo los Estados Unidos son los terribles competidores que -como lo había previsto yo en 1844- están destruyendo cada vez más el monopolio industrial de Inglaterra.[5]

Engels había comprendido que la burguesía tenía como única finalidad su propia supervivencia y, por tanto, se proponía únicamente extorsionar plusvalía a través de la explotación de las energías físicas e intelectuales del proletariado (fuerza de trabajo). Del correcto funcionamiento de este lamentable ejercicio depende la riqueza y el control de la sociedad por parte de la clase burguesa, que a tal efecto puede promover una serie de mejoras generales, como la limpieza de vías públicas, la mejora de los servicios o la calidad de vida en los barrios obreros. Pero ya que el beneficio económico sigue siendo su único objetivo, por el cual organiza la sociedad mediante las leyes del Estado, sólo de su crecimiento, o menos, dependen las participaciones de capital colectivo empleadas en el saneamiento y la mejora de lo que, aparentemente, pertenece a toda la sociedad, al no ser propiedad directa de la burguesía sino del Estado. En realidad, con tales maniobras, más o menos reconfortantes, lo que la burguesía compra es el proletariado, pieza por pieza, mediante la creación de un salario directo e indirecto, ambos correspondientes a la dación obligatoria de una cantidad de horas de trabajo. Y hoy, con la abolición de los contratos colectivos de trabajo, esta compra se ha puesto aún más brutal y agresiva.

Pero Engels había comprendido también que la burguesía es hábil en ocultar sus propias infamias, de las cuales es la única progenitora, también debido a ese “hambre de plusvalía” en la que se basa su reinado, poco feliz, en la tierra. Una vez, la clase burguesa, mediante ordenanzas, vallas, leyes de vivienda y sobre la mendicidad, intentaba ocultar el empobrecimiento general. Actualmente, no sólo es evidente en tiempos de crisis el empobrecimiento mundial sufrido por los proletarios, sino también se puede observar cómo en Occidente y cada vez con mayor dificultad los medios burgueses logran esconder las condiciones de vida inhumanas del más grande proletariado nacional del mundo, el chino.

Cebo para máquinas.

En su antología de poemas, Xu Lizhi, obrero poeta muerto por suicidio, se compara a si mismo con un pequeño tornillo cayendo al suelo. Al tocar el suelo, éste produce un ruido que resuena en toda la fábrica. Pero los otros obreros, alcanzados por ese sordo golpeteo, no pueden más que voltear la cabeza y seguir trabajando, seguir produciendo. En el Capital, Marx no sólo ha notado cómo la introducción de máquinas conlleva una ampliación del horario de trabajo, sino también ha determinado, habiendo tratado esta cuestión en los Manuscritos de 1844, que los términos de la relación entre el obrero y su trabajo, entre el obrero y los movimientos que constituyen su larga jornada en compañía de las máquinas, producen un efecto de separación alienante entre el sujeto que obra y el resultado de su operación. Son extraños el uno al otro. Con el término de “alienación”, Marx definió la relación malsana entre el obrero y el producto de su trabajo: una relación que se constituye por si misma en la práctica laboral, es decir en esa fase productiva de la que emana toda la riqueza de la sociedad. Cuando un hombre rico maneja y se beneficia de objetos de calidad y de alto valor, él en realidad, nos dice Marx, está disfrutando del producto del trabajo de los demás, generado en base a equilibrios de fuerzas entre las clases, cuyo origen está por supuesto en la propiedad de los medios de producción. El proletario, por tanto, sólo es un engranaje, un tornillo. Una minúscula rueda cuya revolución, en sentido horario o antihorario, sólo se resuelve en un movimiento mecánico y repetitivo, precisamente alienante. Cuanto más las máquinas se perfeccionan, más el proletario en el capitalismo estará sometido a su funcionamiento,  transformándose en mero apéndice de la máquina:

Con esta división del trabajo, de una parte, y con la acumulación de capitales, de la otra, el obrero se hace cada vez más dependiente exclusivamente del trabajo, y de un trabajo muy determinado, unilateral y maquinal. Y así, del mismo modo que se ve rebajado en lo espiritual y en lo corporal a la condición de máquina, y de hombre queda reducido a una actividad abstracta y un vientre. Se va haciendo cada vez más dependiente de todas las fluctuaciones del precio de mercado, del empleo de los capitales y del humor de los ricos. Igualmente, el crecimiento de la clase de hombres que no tienen más que su trabajo agudiza la competencia entre los obreros, por tanto, rebaja su precio.[6]

Las palabras de Marx son precursoras; eso no porque sea un oráculo, aun siendo su inteligencia tan elevada, sino debido a las contradicciones del Capital, inmanentes e irresolubles, que él tuvo el mérito de reconocer antes que los demás (de ahí la célebre afirmación: «Lo único que sé es que no soy marxista»). Ahora, para una actualización de este problema que tenga en cuenta los cambios de fábrica, sea suficiente aquí hacer referencia a la ulterior profundización sobre las dinámicas relativas al capital constante en el artículo de los camaradas G. Paolucci y A. Noviello.[7]

Volviendo al tema de la alienación, la introducción de máquinas cada vez más potentes y de la  microelectrónica ha hecho más profunda la brecha entre hombre y naturaleza en el proceso de producción: el obrero productor está privado de las capacidades manuales y cognoscitivas, ya que ni siquiera recibe como recompensa una reducción de la fatiga. Porque el obrero no trabaja para si mismo, sino para el capitalista. De hecho, más allá de su voluntad, el obrero de fábrica está privado de casi todas las pausas y tiene que trabajar con una máquina cuya construcción se modelizó con arreglo a la facilidad de los movimientos humanos: el sistema ergonómico ERGO-UAS representa otra solución técnica que, como se debe intuir, no tiene como finalidad el bienestar del obrero, sino una mayor explotación de las características físicas del hombre. Entonces los poemas de Xu Lizhi tienen un efecto bumerán, son la otra cara de la moneda, la humana. En otras palabras, una confirmación irrefutable de la explotación del hombre por el hombre, cuya verdad se fortalece a través de los numerosos testimonios recogidos por sociólogos chinos en la Fábrica Global. A la salida de las fábricas de Foxconn, durante las pausas o en los barrios obreros, los investigadores chinos consiguieron, con muchas dificultades, algunas declaraciones de los obreros, basándose en éstas para construir un estudio analítico de la situación de la clase obrera en China. En una de las entrevistas, una obrera hasta se autodefine “cebo para máquinas”. Junto a los poemas de Xu Lizhi, las entrevistas incluidas en la Fábrica Global, por tanto, adquieren un gran valor humano. De hecho, lo que está sufriendo el proletariado chino es un aumento estratosférico de la capacidad de explotación de la fuerza de trabajo sobre una base mundial: obreros chinos, asentados forzosamente en zonas residenciales controladas por la policía empresarial, están obligados a producir a diario, durante horarios de trabajo muy largos, unas cantidades de producto industrial muy superiores a las que se obtenían, en el mismo tiempo de trabajo, en el pasado reciente de la industria. En definitiva, a máquinas más potentes corresponde un nivel más elevado de alienación, soledad, muerte e intensidad de trabajo.

La jornada laboral.

Para confirmar el argumento de que las condiciones de trabajo no han mejorado en absoluto, a las consideraciones anteriores debe añadirse también una serie de datos comparativos entre épocas históricas. De momento, hemos establecido que si las máquinas de hoy son más potentes, eso ha supuesto una mayor intensidad de trabajo en las fábricas de todo el mundo. También hemos dicho que la alienación es una característica ineludible del trabajo en las fábricas y que las condiciones de vida del proletariado a nivel mundial en la última década (2005-2015) han empeorado terriblemente,  socavando la misma supervivencia de los trabajadores. Pero, a estas alturas, surge la pregunta: en medio de todos estos efectos nefastos producidos por el capitalismo, que socavan la vida de la humanidad con excepción de sectores restringidos de privilegiados, ¿al menos se reducirán las horas de trabajo necesarias para un salario de mera supervivencia?

Si tenemos en cuenta la documentación histórica, resulta evidente que en algunas áreas del planeta, como en China, el proletariado es obligado a producir en una jornada laboral cuya duración es prácticamente idéntica a la de los trabajadores ingleses en 1830. El informe de los Commissioners ingleses, encargados de la supervisión de la aplicación de la ley, testificaba que hasta 1830, y por otros cincuenta años, el proletariado inglés sufrió leyes y medidas que extendían el tiempo de trabajo diario hasta doce horas. En 1847, una jornada laboral comprendía 15 horas para los obreros varones adultos. Tras alcanzar este límite, incluso la clase burguesa se dio cuenta que, a menos que eliminaran la clase de los productores, era necesario adecuar las necesidades de provecho a horarios menos prolongados. Sin embargo, también en este punto, hay que precisar que esa parte de la burguesía más consciente de los riesgos, que se dio cuenta por adelantado de esta resolución necesaria, sólo lo hizo debido a las protestas de los obreros y ante el riesgo evidente de poner en peligro la estabilidad de las ganancias y la paz social. De hecho, sin presiones externas, la clase burguesa iba a seguir manteniendo, sobre la adecuada duración de la jornada laboral, aquellas que Marx llamó en su día “sus ideas bravas”, es decir 15 horas de la jornada de trabajo para los obreros varones adultos y 12 horas para los jóvenes aprendices, las mujeres, los niños. Los primeros logros para la reducción de la jornada laboral se referían precisamente al trabajo de los niños utilizados en el proceso de producción, cuyo tiempo nunca sobrepasada los 12 años de vida. Las horas que se requerían de ellos pasaron de 12 a 8 alrededor de 1830, en casi todos los sectores de la industria. En 1833 la jornada de las mujeres y de los adolescentes de edades comprendidas entre los 13 y los 18 años se redujo de 15 a 12, mientras en 1850 se concretó la propuesta de una jornada de 12 horas también para las categorías de los “varones adultos”. Cabe señalar que en esa época, pese a lo que se podría imaginar, un alto porcentaje de trabajadores estaba formado por mujeres y adolescentes de edades comprendidas entre los 13 y los 18 años, y sólo en determinados sectores de la industria el porcentaje de “varones adultos” superaba claramente el de las otras dos categorías y el de los aprendices (13-18 años). En las fábricas chinas de Foxconn, en el año 2015, la jornada laboral oficial es, para más de un millón de obreros, de 10 horas. Sin embargo, a eso se añaden aproximadamente 100 horas de trabajo extraordinario mensual, que la empresa considera obligatorias; además, hay que añadir los tiempos sustraídos por las reuniones anteriores y posteriores al tiempo de trabajo en fábrica. Por lo tanto, las 10 horas previstas en el contrato se convierten, en la realidad del trabajo, en al menos 12:

Aunque mi turno empieza sólo a las 8, tenemos que llegar a las 7.30 para la reunión que dura desde las 7.30 a las 8, y por esta media hora no recibimos salario alguno. Por la tarde deberíamos terminar a las 20, pero a menudo el trabajo se prorroga hasta las 20.30. Esta media hora no se reporta, así que al final trabajamos una hora gratis para Foxconn.[8]

El porcentaje de “salarios robados”, como los define Xu Lizhi en uno de sus poemas, es, por lo tanto, muy elevado. Se trata tanto de horas extraordinarias como de jornadas laborales enteras no contabilizadas, las cuales de hecho aumentan aún más el sentimiento de frustración ya magnificado por un trabajo sin perspectivas, mal pagado y muy alienante. La legislación china de la provincia de Cantón prevé que en las fábricas se trabaje 10 horas como máximo, con 36 horas extraordinarias mensuales, pero lo que sucede en realidad es que antes de que ocurriera la ola de suicidios de obreros en 2010, las horas extraordinarias eran 100, posteriormente reducidas a 80 como cortesía de la dirección de la empresa encabezada por el ejecutivo Terry Gou:

Normalmente trabajamos 10 horas diarias. En mitad de turno tenemos la hora de comer. Cada día tenemos que estar aquí antes de que comience el trabajo y al final también hay la prórroga del turno. Cuando volvemos al dormitorio comemos, nos bañamos, y así sucesivamente. Así pasan otras una o dos horas. Si aún queremos tener ocho horas de sueño, con más de diez horas de trabajo casi no tenemos tiempo libre. Para salir se necesitan por lo menos tres horas, por eso casi nunca salimos.[9]

Y no olvidemos que Foxconn es la mayor empresa del mundo que produce por cuenta de terceros, es decir multinacionales americanas, europeas y japonesas. Casi todos los artículos tecnológicos vendidos en el mercado italiano y europeo son productos manufacturados por las fábricas chinas de Foxconn.

La era de los aprendices.

Para completar el cuadro no se puede omitir el desastre del capitalismo cuando la producción recurre a fuerza de trabajo joven y descalificada. Esencialmente, es un drama común a todas las nuevas generaciones de trabajadores, no importa si sean europeas o asiáticas, que se ven privadas de las competencias laborales, cuando éstas ya se transmitieron a las máquinas. Sin embargo, si alguien pensara que el problema es la tecnología, a ese habría que responderle que una nueva fase de ludismo sería, como entonces, totalmente inadecuada como reacción proletaria y de clase; la causa del sufrimiento de los proletarios reside sin duda en otro sitio y no en el desarrollo técnico, por mucho que éste se quede “dirigido” por las exigencias de ganancias.

El sistema chino planeado para la explotación de los aprendices en fábrica fue instituido por el Estado, con el fin de favorecer las mayores empresas chinas y las multinacionales de todo el mundo que las utilizan. Los jóvenes chinos en su último año de instituto profesional, a veces incluso antes, reciben una propuesta de aprendizaje remunerado en una de las fábricas de electrónica del país. Millones han aceptado hasta ahora y ciertamente otros millones, a través de la alevosa mediación de las escuelas, continuarán dejándose enjaular en el sistema de la explotación con costes reducidos. Una pirámide cuya base está formada por los estudiantes y cuyo vértice no puede sino coincidir con las grandes multinacionales que delegan a Foxconn la producción de las computadoras Lenovo, Apple, Samsung… la era de la tecnología, la modernidad dorada, corresponde, pues, a la explotación insaciable de ingenuos adolescentes. Si bien es verdad que ya no se utiliza fuerza de trabajo de edades comprendidas entre los 8 y los 13 años – como en las industrias de pan, de fósforos o de tejidos de la Inglaterra entre 1800 y 1850 – lo que en ese entonces se definía “trabajo para aprendices” hoy corresponde al trabajo continuo y sistemático de los aprendices de edad siempre inferior a los 18 años. Recientemente, en China, un número considerable de trabajadores-emigrantes ha sido sustituido por un porcentaje creciente de trabajadores y trabajadoras extraídos del último año de las escuelas técnico-profesionales o incluso contratados en los años escolares anteriores. Durante el período de “falso aprendizaje”, sus capacidades laborales no se mejoran ni perfeccionan, al contrario pasan del sueño de volverse ingenieros a la dura realidad de la línea de montaje.

La ley no es menos engañosa, más bien delata la verdadera naturaleza de las reglamentaciones de fábrica en la era capitalista. En el párrafo 22, apartado 5, de la ley sobre el trabajo de la provincia de Cantón, se establece que «el tiempo de aprendizaje no puede superar las 40 horas semanales». Pero, aun existiendo tal limitación, los aprendices se utilizan como obreros normales, sin ninguna reducción, pese a la edad, la falta de preparación, las distintas finalidades de su presencia en fábrica. El resultado es que la fuerza de trabajo joven es codiciada y requerida, por lo que en algunos establecimientos chinos hasta un 50% de los trabajadores empleados está compuesto por aprendices. Por lo que se sabe, su horario laboral supera con creces las 40 horas semanales y también incluye las 80 horas extraordinarias mensuales. Tampoco se respeta la diferencia entre el trabajo nocturno y el diurno y a los obreros-estudiantes, al igual que los demás, se les imponen de forma estable los turnos desde las 8 hasta las 20 y desde las 20 hasta las 8. Sus edades son entre los 16 y los 18 años, su sueño es de ascender en las jerarquías de trabajo. Para ser exactos, como demuestra muy claramente el libro de investigación sobre Foxconn, del que recomendamos encarecidamente la lectura, el joven estudiante chino hasta lo último cree estar empleado como técnico durante el aprendizaje. En este mecanismo circular bien engrasado entre escuelas y empresas, también los centros escolares tienen su beneficio. La fuerza de trabajo que ellos garantizan a las fábricas de Foxconn es para ellos una fuente segura de lucro. Para terminar, como atestigua uno de estos aprendices:

Los aprendices no disponen de un seguro ni de antiaccidentes ni de médico, pues en caso de accidente laboral en un juicio civil sólo pueden reclamar el reembolso de los gastos por parte de la empresa. En comparación con el derecho laboral, el derecho civil está muy atrasado con respecto a la protección de los trabajadores y los juicios civiles son muy complicados, largos y difíciles. Aun siendo menores que merecen una protección particular, se les niega la seguridad que les corresponde en el desarrollo de un trabajo llamado “aprendizaje”. Este es uno de los problemas más graves que hemos podido constatar durante nuestra investigación.[10]

Del gueto de los barrios obreros a las fábricas-cuarteles.

En una de sus afirmaciones aforísticas y mordaces, Marx retoma una expresión de Smith sobre el sentido último del salario:

El salario habitual es, según Smith, el mínimo compatible con la «simple humanité», es decir, con una existencia animal.[11]

En otro de sus escritos, Marx describía el progresivo embrutecimiento del obrero en el capitalismo: lo que generalmente pertenece también a los animales, como comer o beber, se gana el tiempo entero y las únicas energías dejadas en reserva por el obrero; en cambio, todas aquellas actividades específicamente humanas, que diferencian al hombre del animal y ennoblecen su específica naturaleza, no se merecen que migajas de tiempo, e incluso la nada. El obrero está acostumbrado a considerarse a si mismo no como hombre sino como asalariado, y como asalariado, y no como hombre, es considerado por el capitalista y por el Estado que actúa por cuenta de éste. Las condiciones de vida del proletariado inglés en la época de la primera revolución industrial son ejemplificadas por Engels mediante la historia de emigración y pobreza del pueblo irlandés: esta gente “orgullosa y tenaz”, nos dice Engels, se vio obligada a emigrar por hambre y pronto se quedó en una situación de miseria absoluta. Durante las primeras décadas de la revolución industrial, la condición de los irlandeses representaba el límite humano por debajo del cual la gente moría. Eran la capa inferior del proletariado entero en formación, ya que sufrían las peores condiciones de vida. Un poco más arriba de la pobreza de los irlandeses, en las ciudades industriales vivía una multitud de obreros, también agobiados por la falta de dinero y enjaulados durante toda su vida en viviendas sucias, parecidas a chozas o cuevas. Con el paso de las administraciones, como afirma Engels en el susodicho Prefacio de 1892, la vida de los obreros en Manchester o Liverpool había mejorado ligeramente, aunque no en todas partes. Como puntualiza Engels, mientras algunos barrios lograron salir parcialmente de la indigencia absoluta, otros volvían a caer en ella, y lo mismo ocurría con aquellas naciones incorporadas desde hacía poco al sistema de la explotación del trabajo asalariado en plena expansión.

Después de más de un siglo, el planeta entero está apretado en una red de conexiones en que se conectan los mercados financieros y de mercancías, desde China a Europa. Las mismas mercancías se producen en varios países, para luego ser finalmente ensambladas por otra empresa, posiblemente trabajando por encargo o en subcontratación como Foxconn. Incluso las máquinas, así  como las líneas de montaje, pueden desplazarse de un continente al otro, causando una constante inestabilidad en el precio de ese único producto que, aún hoy, permite la creación de valor: los proletarios, los «hombres que no tienen más que su trabajo», como los define Marx, o de manera aún más mordaz, los que eran llamados por los primeros capitalistas, no sin un toque de desprecio, “brazos”.

¿Cuánto ha empeorado la vida de estos “brazos”? Si nos enfocamos en Italia, es suficiente detenernos en la flexibilidad que se ha convertido en la bandera del capital, o en los centenares de miles de brazos, sean emigrantes o no, empleados en la agricultura y la industria, con salarios de hambre y sin ninguna protección sindical - por más ficticia que ésta sea, como ya ha quedado claro. Ampliando la perspectiva, es aún más evidente que el mundo es como un basurero, de desechos, de escorias, de todo tipo de descartes de producción: un planeta en ruinas, imagen símbolo de la relación entre hombre y naturaleza que ya se ha totalmente deteriorada. Aun así, en la base de la explotación de la “parte inorgánica del hombre”, la manera como Marx definió la naturaleza, se encuentra una aún más brutal relación entre hombre y hombre, o más bien, entre capitalista y simple  vendedor de fuerza de trabajo.

En la fábrica del mundo la vida de los obreros chinos es comparable a la de los pollos, encerrados en un moderno espacio productivo. Encerrados en sus cubículos, tampoco tan limpios, alrededor de  un millón trescientos mil obreros de Foxconn son controlados durante todo el día por la policía empresarial, de modo que los supervisores contratados puedan constantemente asegurarse de que la mercancía humana recién comprada se agote correctamente, sin que ni siquiera una partícula de la fuerza de trabajo se desperdicie en operaciones no vinculados al proceso de valorización. Las viviendas carcelarias reservadas a los obreros no pueden sino dejar asombrados, remitiendo al terror de las Workhouses inglesas. Las rejas colocadas en las ventanas para evitar los suicidios, la muy limitada superficie de los dormitorios, que incluso albergan 20 personas en 20 metros cuadrados, la extrema concentración de obreros por metro cuadrado en las ciudades son todos datos que desalientan y asustan, que hacen enojar. Sin embargo, hacen patente el despiadado plan de control puesto en marcha para la subyugación de los obreros:

Mis cinco compañeros de colegio y yo empezamos juntos en la fábrica. Por tanto, en los primeros días de formación hablamos muchos entre nosotros. También hice nuevos amigos. Íbamos juntos a patinar, paseábamos por la ciudad y de inmediato empezamos a hablar de nuestras experiencias y de nuestros sentimientos. A las mujeres les hace falta poco tiempo para entrar en contacto entre ellas. Posteriormente, fuimos asignadas a diferentes departamentos y, más a menudo, transferidas. Por último, terminé con mi colega Hong en el área B11. Pero ella trabaja en el turno de día y yo en el de noche y tampoco trabajamos en la misma línea de producción. Por eso, raras veces tenemos la posibilidad de hablar o de dar un paseo juntas. Si una trabaja en el turno de día y la otra en el de noche, nunca nos vemos. Cuando aún trabajaba en el turno de noche junto a Hong, íbamos inmediatamente a dormir después del trabajo. Si aún nos quedaba un poco de energía, apenas podíamos hacer un poco de punto de cruz. El trabajo de fábrica es agobiante y no se tiene ninguna posibilidad de deshacerse de las preocupaciones.[12]

Como es sabido, la otra cara de la explotación es la soledad. La explotación y la extracción de plusvalía representan el engranaje por el cual es útil administrar las dosis apropiadas de disciplina y  sumisión ideológica. El resultado anómalo es la obtención de un individuo aislado, incluso incapaz de comprender su propio drama o de reflejarse en el del colega compañero que está a su lado:

Casi no tengo un amigo para contarle todo. Cuando no trabajo no sé qué hacer y no conozco a nadie con el que salir o hablar. Me siento solo. […] En Foxconn todos los empleados son separados arbitrariamente. La rotación de los turnos de día y de noche no deja tiempo a los intercambios. Así, es difícil acercarse realmente a otras personas.[13]

Para los reformistas siempre brilla el sol.

Si la crisis del capitalismo no sustrajera aún más recursos al proletariado y si no fuéramos testigos de la debacle total de la izquierda de Tsipras en Grecia o del hundimiento de los movimientos espontáneos de la middle-class proletarizada, desde los Indignados a Occupy, casi podríamos sonreír frente a la intención de la izquierda reformista italiana de recuperar “millones de personas que querrían ver transformadas en realidad su voluntad de cambio”.

Porque exactamente de eso se trata, es decir, de la necesidad, cada vez más vital, de hacer realidad las esperanzas rotas por el capitalismo. Sólo para no morir en espera de un salario mejor o de la reducción de la jornada laboral. En la época de la precariedad y de la sinización del mercado laboral, los salarios se reducen a escala mundial; igualmente, también las condiciones de trabajo empeoran, desde China hasta Europa. Sin embargo, en este contexto, siempre hay lugar para las esperas mesiánicas o, aún peor, para una relectura de Marx, que Norma Rangeri, con astucia, en un artículo de primera página de Il Manifesto, recupera en forma reformista:

Hoy, en el orden del día, no hay la revolución, sino una idea de reformismo de izquierda capaz de persuadir a millones de personas. Karl Marx a los que criticaban su apoyo a la ley sobre las 10 horas, contestaba así: «Por primera vez a la clara luz del sol, la economía política del trabajo ha prevalecido sobre la economía política del Capital». Ninguna revolución, ideológica y autocontemplativa, sino cambios radicales, básicos.[14]

Una vez más, el nombre de Marx sirve para suscitar palpitaciones y apetitos revolucionarios, pero esta vez con una simple frase citada se intenta omitir las convicciones revolucionarias del pensador alemán. Profesión en absoluto clara y explícita, también acerca de la importancia de la “lucha económica” para una lucha revolucionaria, así como motivado en la famosa disputa con el Señor Weston en Salario, precio y ganancia. Si el pensamiento materialista enseña algo, eso nos dice que el capitalismo lleva consigo unas contradicciones irremediables, producidas debido a su misma fuente de supervivencia, el plusvalor. Para conseguir alguna riqueza, los capitalistas se ven obligados desde siempre, a su pesar (!), a robar horas de trabajo a los proletarios, y así seguirá siendo, hasta que unas mutaciones sociales a escala internacional pongan fin a la explotación del hombre por el hombre.

 

Traducción de Luca Lupoli

[1] K. Marx, El capital, Libro I, Cap. 8. Fuente: http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/8.htm. Aún más preciso en los Manuscritos de 1844: «El salario está determinado por la lucha abierta entre capitalista y obrero. Necesariamente triunfa el capitalista. El capitalista puede vivir más tiempo sin el obrero que éste sin el capitalista. La unión entre los capitalistas es habitual y eficaz; la de los obreros está prohibida y tiene funestas consecuencias para ellos» (K. Marx, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Fuente: http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/44mp/1.htm).

[2] K. Marx, El capital, ob. cit.

[3] K. Marx, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, ob. cit.

[4] A. Engels, Prólogo de La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1892, marxists.org.

[5] Ibídem, pp. 25-26.

[6] K. Marx, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, ob. cit.

[7] G. Paolucci - A. Noviello, La falsa modernità di Marchionne e l’attualità di Karl Marx, DemmeD’, nº 3, pp. 18-23 y A. Noviello, La microelettronica nei processi produttivi e il degrado del lavoro telematico, DemmeD’, nº 6, p. 80 y ss.

[8] AA. VV., La fabbrica globale, Ombre corte, Verona, 2015, p. 48 (traducción propia).

[9] Ibídem, p. 82 (traducción propia).

[10] AA. VV., La fabbrica globale, ob. cit., p. 102 (traducción propia).

[11] K. Marx, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, ob. cit. Es una frase de A. Smith, Recherches sur la nature et le causes de la richesse des nations, París 1802, t. I, p. 138.

[12] AA. VV., La fabbrica globale, ob. cit., p. 87 (traducción propia).

[13] N. Rangeri, «Il Manifesto», 27 de julio de 2015 (traducción propia).

[14] Traducción propia.

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